"No li evitem als nostres fills les dificultats de la vida. Ensenyem-lis més aviat a superar-les"
Muchas de las consultas de los padres son sobre la dificultad de sus hijos de afrontar los fracasos, la derrota, saber perder, y aceptar que las cosas no son siempre como les gustaría o como esperan. De ahí, vienen las rabietas, los gritos y llantos de los más pequeños, y los enfados, luchas de poder, negativismo y conductas de evitación de los más mayores. Todo esto son comportamientos que responden a una baja tolerancia a la frustración, una capacidad fundamental para mantener una buena salud mental. La habilidad que nos permite ser realistas, ver la realidad tal como es, con su lado más dulce y el más amargo, y que empieza por aceptar esta dualidad dentro de uno mismo, nuestras luces y nuestras sombras. Sólo desde una aceptación incondicional de nosotros mismos podemos sentirnos queridos, sabernos seres únicos dignos de ser felices a pesar y con nuestros defectos. Esta va a ser la actitud que nos va a permitir tirar hacia adelante, enfrentarnos con valentía a cualquier reto, confiando en nuestras capacidades y aceptando la ayuda de los demás, sin sentimiento de incapacidad o menosprecio a nosotros mismos.
Cómo podemos los adultos ayudar a desarrollar la tolerancia a la frustración?
Muchas veces, queriendo proteger la autoestima de los hijos, evitamos a toda costa que sufran, que lo pasen mal, creyendo que les estamos haciendo un favor, cuando en realidad estamos privándoles de oportunidades valiosísimas para aprender, para sentirse autónomos, ganar seguridad personal y autoestima. A la vez, les estamos mostrando una realidad parcial, una realidad ficticia, porque la vida no siempre es previsible, fácil y bonita. Sí, es cierto, la descubrirán pronto por si mismos cuando se enfrenten a aquellas situaciones en que no estemos a su lado los adultos para camuflarla, pero entonces, no tendrán las herramientas suficientes para actuar de manera adecuada, para sobreponerse a los fracasos, y para no dañar su autoestima.
Con esto, no pretendo decir que tengamos que exponer a los niños desde bien pequeños a desafíos y a situaciones difíciles, sino que poco a poco debemos ir dejándoles ver la realidad tal como es, y confiriéndoles autonomía en situaciones que sabemos que poco a poco podrán ir resolviendo por si mismos.
Un ejemplo sencillo, es los hábitos de autonomía en el dormir, comer, vestirse y el aseo personal. Durante el primer año de vida hemos sido un modelo de cómo tienen que hacer todas estas cosas, les hemos enseñado vocabulario relacionándolo con cada una de las situaciones en que se llevan a cabo estos hábitos. A partir del año, debemos dejarles que prueben por si solos a comer, aunque al principio lo hagan con las manos, a vestirse, colaborando cuando les ponemos las prendas...A partir de los dos años, ya son capaces de comer solos, aunque eso suponga lavar muchos jerseis o fregar el suelo varias veces...Aprenderán a ponerse los zapatos, aunque sea del revés, a lavarse las manos, aunque gasten más jabón de la cuenta... :) Pero, poco a poco, si hemos mantenido la paciencia, veremos cómo aprenden y son cada vez más autónomos y, lo más importante, menos miedosos, dependientes y más seguros de si mismos. Y siempre sin olvidar que debemos tener en cuenta la edad y personalidad de cada uno de ellos.
